VERDAD Y MENTIRA EN NUESTRO PRESENTE DEMOCRÁTICO
verum dicit falsitas,
veritas mentitur1
Gui de Chatillon, siglo XII
La verdad es un concepto muy difícil de definir y, sin embargo, muy fácil de entender, muy fácil de sentir. Tampoco es cuestión de decir que la verdad es un bien escaso… al contrario, estamos rodeados de verdad. Tenemos sentimientos verdaderos hacia muchas personas a las que queremos; a poco que nos esforcemos, detectamos esfuerzos verdaderos aquí y allá por causas que valen la pena; vemos a gente que va de cara y que afronta incomodidades en aras de sostener la verdad. Todos lo sabemos y todos lo sentimos.
Hay una verdad íntima, mayoritaria, el amor de los padres, de tantos familiares; la lealtad de los amigos, la sincera generosidad de los cercanos y de algunos que no lo son tanto. Entre tanta bruma, esto no debe dejar de reconocerse: en nuestro entorno más cercano estamos rodeados de verdad. ¡Ay, si no fuera así!
Sin embargo, cuando pasamos al marco público, empezamos a detectar los problemas; empezamos a considerar que “la verdad” como tal no existe y que sólo existe “mi” verdad o “nuestra” verdad; es decir, la verdad del grupo en el que me inscribo, con el que me identifico y al que pertenezco. Si hablamos de impuestos, de sanidad, de valores, de proyectos o de lo que sea que pertenece a toda la comunidad, entonces, cada cual considera que “su” verdad es “la” verdad… Y, al mismo tiempo, por supuesto, el algoritmo refrenda punto por punto esa verdad.
Pero si, dentro del marco público, cerramos el foco hacia la praxis política, que se encarga de entender, gestionar y dar cuenta de las intervenciones de los representantes públicos – siempre dentro de contextos democráticos, claro – resulta que la verdad de cada cual ha de excluir necesariamente las verdades de los otros, que inmediatamente pasan a ser tachadas de mentiras. Dado que los adversarios políticos pueden criticarnos y, por lo tanto, poner en tela de juicio cómo entendemos, cómo gestionamos y cómo damos cuenta de nuestro trabajo político, sea de gobierno o de oposición, se está imponiendo el camino más fácil: desacreditar al adversario, imputarle todos los crímenes posibles a nivel social y conseguir así poner una barrera ante las incapacidades propias. Cuando no se vean demasiadas cosas que criticar en el adversario, no obstante, se acudirá a la mentira, a la difamación y a la ridiculización mendaz, que, por lo general, tienen un tremendo impacto mediático, y generan un daño enorme en los individuos y en los grupos, que han de emplear muchos recursos y mucha energía en desmentidos y pruebas, dado que la presunción de inocencia es ya un valor claramente a la baja. Lo peor es que se está extendiendo de forma tácita la idea de que mentir es una forma de libertad de expresión, con lo que no sólo estamos demostrando nuestra terrible falta de conocimiento democrático, sino que estamos poniendo a la propia democracia en un brete.
La separación de poderes que concibiera el barón de Montesquieu, alguien muy poco sospechoso de ser un antisistema, suponía que el funcionamiento autónomo de los mismos garantizaba que problemas como la difamación o la mentira pública no tuvieran ningún recorrido judicial salvo que las afirmaciones se sostuvieran de forma suficientemente circunstanciada… Hoy, las mentiras campan a sus anchas y alimentan querellas que, cuando quieren probarse falsas, ya han desgastado y acabado con el adversario político, configurado ya siempre como enemigo, muy especialmente en esa picadora de carne que son los medios de comunicación. No hace falta dar nombres; en abstracto, todo esto puede entenderse mejor.
Allá donde uno de los poderes del Estado sufre una perturbación, los otros han de buscar el equilibrio. Sin separación de poderes, la estructura de la democracia se tambalea y el fantasma del totalitarismo asoma la cabeza sin pudor.
Mentir, difamar, ocultar, emborronar, enfangar… en una sociedad que empieza a pasar por encima de la separación de poderes es algo sumamente peligroso. Al final, puede que los mismos que nos acusen falsamente, sean quienes nos juzguen y quienes acaben acomodando las leyes futuras a su antojo. Hay partidos en nuestro país que están proponiendo eso de forma implícita a través de su acción. Nadie dude que, cuando eso se normalice a nivel Estado, se remedará a nivel autonómico y local…
Quien no vea la gravedad de esto es porque tal vez comparte esa idea de sociedad autocrática y seguramente considere también que La Verdad es tan sólo… un periódico de Murcia.
1 La falsedad dice la verdad, la verdad miente.