CRÓNICA DE UN MODELO AGOTADO

Mientras en la Vall de Gallinera —un pequeño pueblo de Alicante— han conseguido reducir un 80 % la basura mezclada gracias a la recogida puerta a puerta y a una tasa justa según lo que se tira, en Nava del Rey pagamos más por un sistema ineficiente y sin explicación clara.

Este año nos han subido la tasa de basuras un 43 %, y según el equipo de gobierno, la culpa es de Pedro Sánchez. Así, sin más. Pero la realidad es muy distinta: esta subida responde a la aplicación de una directiva europea que lleva dieciséis años vigente y que busca, precisamente, lo que ya hacen municipios como Usurbil, El Boalo, Torrelodones, Sarriguren o la propia Vall de Gallinera. Municipios que entienden que no se trata de recaudar más, sino de organizar mejor. Que si separamos bien, compostamos bien y gestionamos bien, pagamos menos. Y todo eso sin renunciar al rigor medioambiental que exige nuestro tiempo.

Porque sí, lo que se recauda con la tasa de basuras debe cubrir el coste del servicio. Pero si ese coste baja —y puede bajar mucho si se gestiona con cabeza—, las vecinas y vecinos pagan menos. De hecho, tratar una tonelada de materia orgánica bien separada cuesta tres veces menos que tratar esa misma tonelada si va mezclada en la fracción resto. Lo dicen los datos, lo certifican los estudios, lo constatan los municipios que ya han dado el paso. Lo demás son excusas.

Y claro que en todos los pueblos ha habido una mezcla de mala gestión y leyenda. Todos hemos visto y oído las mismas historias. Que aunque separes bien, el camión lo mezcla todo. Que en la planta no reciclan nada. Que esto es un negocio para unos pocos. Que si al final todo acaba junto, ¿para qué molestarse?

Es el tipo de comentario que corre de boca en boca: de vecinos que lo han visto, de un familiar que trabajó en el servicio o de ese amigo que siempre “sabe cómo funciona de verdad”. Y durante años, fue verdad en parte. Muchas plantas eran ineficientes, algunos servicios se prestaban sin rigor, faltó control y sobraron gestos de cara a la galería. Eso generó desconfianza. Y la desconfianza genera desidia.

Pero hoy ya no vale esconderse ahí. Esa sensación de que nada cambia aunque uno actúe bien solo se convierte en profecía cuando nos rendimos antes de intentar cambiar nada. Porque las cosas pueden mejorar. De hecho, ya están mejorando en decenas de municipios que han dejado de resignarse.

Hay pueblos que han organizado recogidas eficaces puerta a puerta, que producen compost local con los biorresiduos, que informan con transparencia sobre los costes reales y los destinos de cada fracción. Que premian a quienes separan bien. Que han hecho del reciclaje no un gesto simbólico, sino una parte concreta de la gestión municipal.

Separar bien en casa sí sirve, pero solo si el Ayuntamiento hace bien su parte. Si el camión recoge lo que debe, si los residuos llegan donde toca, si hay control y planificación. Hoy, en Nava del Rey, eso todavía no ocurre. Y eso es justo lo que hay que cambiar.

No se trata de hacer más, sino de hacerlo mejor. De dejar atrás la desconfianza y sustituirla por información, por criterios claros, por una tasa justa y por un servicio que funcione. Porque esa es la única forma de que la ciudadanía vuelva a creer que separar tiene sentido. Y lo tiene. Lo tiene para el planeta, para el entorno y —muy especialmente— para el bolsillo.

Cambiar no es rendirse al idealismo. Es rebelarse contra la chapuza crónica. Y eso, aquí y ahora, también es posible.

Lo que deberíamos estar haciendo es medir con precisión cuánto cuesta el servicio, organizarlo para que funcione, explicar a la gente cómo y por qué se paga lo que se paga, implantar incentivos para quien lo hace bien y dejar atrás la idea de que el vertedero es infinito. Porque no lo es. Y porque esa gestión de mínimos, opaca y desordenada, nos cuesta más. Literalmente.

Nava del Rey podría liderar en nuestra Mancomunidad. Podría formar parte de ese grupo —todavía reducido— de municipios que demuestran que se puede gestionar bien la basura también en el medio rural. Podríamos ser ejemplo de que con poco se puede hacer mucho cuando hay voluntad política y visión de futuro. Pero en lugar de eso, el equipo de gobierno ha elegido no liderar nada, ha preferido culpar a otros y ha dejado pasar la oportunidad de repensar uno de los servicios más importantes y más caros que tenemos como pueblo.

Porque gobernar no es repetir excusas. Gobernar es tomar decisiones, explicar con claridad, implicar a las vecinas y vecinos y asumir que el cambio —aunque a veces cueste— merece la pena.

Gestionar no es gastar más. Es decidir mejor.
Y hoy, en temas como los residuos, el agua o la vivienda, la peor gestión es no hacer nada.
 

Mientras otros pueblos construyen, nosotros seguimos esperando.